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Escribir: modos y vidas
First, febrero de 2000



Cuando Sergei Esenin se suicidó en 1926, cortándose una vena, escribiendo un poema con su sangre ("En esta vida no es nuevo morir,/ pero vivir tampoco es nuevo") y luego colgándose con una soga atada a uno de los tubos de la cañería de agua de la habitación que ocupaba en un hotel de Leningrado, hubo una voz que se levantó para llorarlo. Maiacovski escribió un poema en su memoria, cuatro de cuyos versos decían: "Tal vez,/ si hubiese habido tinta en el hotel Inglaterra,/ no habría tenido razones/ para cortarse las venas".

Esenin era un lírico, y la revolución, en cambio, era épica pura. Esenin no era de este mundo: el presente nunca volvió a ser lírico. Lo dicho por Maiakovski, a la luz de los acontecimientos que se vivían en Rusia entonces, tenía casi el tono y la osadía de un reto a duelo. Esenin, el poeta borracho que en sus poemas cantaba a las flores y a las bellas muchachas campesinas, no era revolucionario. Pero lo cierto es que ningún poeta de la Asociación de escritores proletarios hubiera sido capaz de cortarse las venas para seguir escribiendo si, llegado el caso, se hubiese acabado la tinta en casa.

Probablemente escribir consiste en eso: en algo que debe ser ejecutado a cualquier precio, con cualquier herramienta, en cualquier sitio, de cualquier forma, bajo cualquier clima. Desde aquel que corta sus venas y escribe con su sangre hasta el que tipea palabras valiéndose de un procesador de textos la distancia no es tan abismal como parece. No está en juego tanto el “dónde”, el “bajo qué forma”, sino más bien el "por qué".

Un filósofo español contemporáneo, Xavier Rubert de Ventós, publicó en 1979 un libro memorable: Oficio de Semana Santa. En él, Rubert de Ventós toma nota de la serie de reflexiones que lo atacaron durante una semana precisa, sin elaboración. Es un libro más bien "surgido" y no escrito. Demasiado aficionado a escribir lo que le pasa, al escritor, a veces, termina pasándole lo que escribe. Oficio de Semana Santa es algo así como la "espuma" del trabajo de verdad, del libro "en serio": no tiene ni la pesadez ni la probidad del oficio de filósofo. En un momento Rubert de Ventós da cuenta del origen de una idea. Es un fragmento memorable, por eso lo transcribo:

Si, armado de papel y lápiz, se me levanta una idea, rápidamente le disparo la frase que la fulmina. Así he abatido muchas ideas que me vinieron en el despacho, mientras prosperaban, por el contrario, las que surgieron en la playa o en el coche, y a las que tuve que cortejar un tiempo antes de poder encerrarlas en mi estudio. Sólo cuando la idea me pillaba desarmado e iba creciendo, sola, en mi cabeza, llegaba a adquirir suficiente cuerpo para resistir su "puesta en letra".

En otras palabras, el escritor sólo transcribe en el papel las ideas más recurrentes y familiares, las ideas que son fieles y vuelven a él. Las otras, las que cuánto mejores son más vuelan, nunca vuelven. Cuando una idea ataca, se plantea de inmediato el dilema de servirla o servirse de ella: dejar que vuele y perseguirla o, por el contrario, integrarla en lo que se está escribiendo en ese momento, aniquilándola (a menudo el escritor hace la trampa de utilizarla haciendo ver que la cultiva, simulando que la sigue cuando en realidad la guía). Ahora bien, entendida entonces la trascripción, la "puesta en letra", como una forma de asesinato, el escritor cuenta con un arsenal fantástico y variado, pero siempre eficiente.
Es inevitable pensar qué hubiese sido de Julio Verne, por ejemplo, o de Balzac o de Melville (y, por lo tanto, qué hubiese sido de nosotros) si ellos hubieran contado con las modernas computadoras que hoy nos facilitan la vida (y por lo tanto la escritura). Julio Verne era particularmente cuidadoso y prolijo: antes de sentarse a escribir dividía, regla en mano, la hoja en dos, exactamente por el medio, con una línea trazada con su pluma de ganso justamente abrevada en el tintero. Escribía entonces en el rectángulo derecho de la hoja, dejando el izquierdo en blanco, que en las posteriores relecturas de su obra usaría para las correcciones. Es cierto que alguien ejercitado en la tarea de escribir a mano puede transcribir, casi con la misma velocidad con que piensa, las frases que cruzan por su mente. Se trata de una rapidez casi taquigráfica que hoy muy pocos serían capaces de igualar, tanto se ha lentificado esa ocupación gracias a la mediatez electrónica.

"La mano es la parte visible del cerebro", decía Kant. Pero hoy la mano que escribe oprime teclas, y bastaría un falso contacto, una gota de agua para hacer que esa letra no apareciera ante nuestros ojos, con la consecuente interrupción del flujo del pensamiento, que deberá ocuparse, ante todo, en entender qué pasa, y luego bosquejar un plan de acción que vuelva a hacer visible lo que ya no lo es.
La pantalla de la computadora, sin embargo, tiene una virtud envidiable, algo que Verne hubiese recibido gustoso: la posibilidad de que el texto "levite" sin plasmarse, es decir, que la escritura sea un acto transitorio, corregible, y que a pesar de ello permanezca siempre límpido, prolijo. La escritura a mano requiere de una mnemotecnia particular, azarosa, que permitan al que escribe entender sus propias correcciones. Desciframiento que conviene que haga pronto, porque corre el peligro de no entender sus propios signos y no saber qué ha escrito. El texto oculto, el cut & page, la nota al pie, la tecla de backspace, son herramientas casi infalibles.

¿Pero por qué esa tarea siempre se realiza sentado? No siempre. Hemingway y Camus, por ejemplo, escribían de pie, a mano, naturalmente, inclinados sobre un fuerte taburete que, especialmente en el caso del primero, soportara el peso de su osamenta intelectual y física. Hay quien prefiere el abandono de cadáver de la cama, la horizontalidad productiva, para lo cual no puede valerse durante mucho tiempo de un bolígrafo o de una lapicera a fuente. El lápiz sigue siendo el único que resiste la ley de gravedad y puede trazar líneas y dibujos boca arriba. Nabokov escribía con lápiz (a propósito decía que, en su caso, la goma de borrar nunca sobrevivía al lápiz, siempre moría primera). Hay Historias de la escritura, hay Historias de lectura; pero hace falta que alguien escriba una Historia de los modos de escribir. Es casi fantástico imaginarse a un copista medieval trabajando acostado (lo hacían de pie, o a lo sumo sentados). Victoria Ocampo escribió sus libros en la cama. Onetti escribió buena parte de su obra en posición horizontal. No hay un método efectivo, no hay una regla. Son modos.

La máquina de escribir significó un avance inmenso, pero lo cierto es que la máquina de escribir existió siempre: Bioy Casares solía llamar así a su lapicera. ¿Qué es una máquina, después de todo? Un conjunto de instrumentos combinados que reciben una cierta energía definida para transformarla y restituirla en forma más apropiada o para producir determinados efectos: una lapicera, por ejemplo.

Menos importante que saber con qué se escribe, dónde, bajo que forma o qué clima, es saber si todavía existe un escritor dispuesto a cortarse las venas para seguir escribiendo.

Si la respuesta es "no", creo que existen serias razones para empezar a preocuparse.